La importancia de llamarse Fabián Casas

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  • 21 oct 2011
  • José Almonacid Rojas
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  • Uno de los más destacados escritores argentinos de la última década viene a Chile para participar en la Cátedra Bolaño de la Universidad Diego Portales. Aquí explica –o quizá disfraza– algunas claves de su obra. Todo un personaje. Por Marcelo Soto



    ¿Quién es Fabián Casas? En Internet circulan muchas historias de este narrador, poeta y periodista argentino nacido en 1965: que se hizo amigo del cantante de Iron Maiden; que dejó a su prometida dos semanas antes de casarse y se embarcó en un viaje que duró dos años; que su madre murió un año después de su regreso y que su padre, devastado, achacó el deceso a las ausencias del hijo pródigo; que lo despidieron del diario donde trabajaba porque solidarizó con un amigo y estuvo un año cesante; que trabajó en miles de cosas y rozó la indigencia; que es admirador de Carlos Castañeda… Y así podríamos seguir.

    Quizá habría que decir simplemente que Casas es autor, además de un puñado de poemas excepcionales, de la novela Ocio, una de las mejores que se hayan escrito en español en la última década. Un relato tan breve como impecable sobre un chico de 20 años que acaba de dejar la escuela de filosofía, poco después de la muerte de su madre. El padre deambula como un zombie por una casa que parece caerse a pedazos. Su hermano asiste impasible al desorden de la familia.

    Entretanto, el protagonista escucha viejos discos de Spinetta, Sui Géneris y los Beatles, solo en su pieza de adolescente; le dice a su padre que está buscando trabajo, aunque en realidad anda en otros pasos; se reúne cada noche con un grupo de amigos poetas en un bar; garabatea algunos versos en un cuaderno; vuelve a escuchar esos discos de Spinetta, de los Beatles y entonces roba una novela de Celine y empieza sin darse cuenta a ingresar en terrenos confusos, en mundos donde la paranoia gobierna y la visión de las cosas se desdobla.

    Ocio registra de manera brillante la sustancia de la juventud, los días que transcurren indefinidamente y que luego, en la madurez, intentamos recuperar, cuando ya es demasiado tarde. Su estilo no tiene una pizca de artificio. Es pura verdad. Ningún escritor chileno de la nueva camada escribe de forma tan certera.

    Casas, que vendrá a Chile en noviembre invitado a la Cátedra Bolaño de la Universidad Diego Portales, dice que lo peor de lanzar un libro es tener que dar entrevistas, pero acepta contestar algunas preguntas a Capital. Sus respuestas son mínimas, concentradas, igual que sus textos.

    “Lo único que existe es la poesía”

    -En Ocio hay muchas referencias musicales. ¿Qué papel juegan los íconos del rock en tu vida y obra?

    -Creo que la música es la prueba de la existencia de Dios.

    - Algunas definiciones: ¿Dylan o Lennon? ¿Spinetta o Charly García? ¿Por qué?
    -Todos juntos; vivo en un país que siempre está pensando binariamente: Menotti o Bilardo, Messi o Maradona, etc. Yo creo que lo más interesante se da en los cruces, en las mezclas.

    -¿Cómo fue el proceso de adaptación al cine de Ocio? ¿Quedaste conforme? La película se toma hartas licencias, quizá demasiadas.

    -A mí me gustó mucho que los chicos que hacían la peli hicieran lo que se les cantara con el texto de la novela. Replicarlo igual en pantalla hubiese sido como esos seres que se les aparecen a los tripulantes de la nave que orbita el planeta Solaris, ¿no?

    -No cuesta nada soñar, pero, ¿qué director te gustaría que adaptara tu obra? ¿Qué espacios o mundos cinéfilos recorres en tu trabajo?
    - Me gustan películas puntuales: Rumble fish, Melody, todo Tarkovsky, etc. Ahora estoy escribiendo un guión para Lisandro Alonso, que es uno de mis directores preferidos.

    -Algunos han visto tu libro como la historia de un clan que pierde la base que lo sustentaba, en este caso la madre. Otros, entre los que me incluyo, destacan más la manera en que abordas un aspecto vivencial de la juventud, con mucho tiempo libre y nada que hacer, salvo escuchar música, escribir o pensar en escribir y dejarse llevar... un dejarse llevar que incluso conduce a malos pasos. ¿Cuál de los dos análisis te parece más acertado?
    -Creo que una obra es potente si soporta muchas interpretaciones. Ocio, para mí es, entre otras cosas, un manifiesto anticapitalista.

    -Lo más fácil sería pensar que esta obra tiene un lado autobiográfico. ¿Hay algo tuyo en el protagonista?

    -Claro, casi todo, yo no tengo imaginación.

    -¿Cuándo y cómo fue tu encuentro con la obra de Bolaño? ¿Qué te provocó su lectura?

    -Leí a Bolaño por recomendación de Alan Pauls. Leí de un tirón Estrella distante, que me encantó. Era como una anabólico, me daba ganas de escribir.

    -¿Te sientes ligado a otros escritores argentinos, como Pron o Olaixarac? ¿Qué piensas de la camada de nuevos autores latinos?
    -No leí ni a Prom ni a Olaixarac, pero siento la literatura como una construcción colectiva, no individual.

    -¿Cómo te relacionas con la tradición argentina? ¿Qué lugar -o quizá un no lugar- ocupan Borges y Cortázar?

    -A la tradición hay que merecerla, salir a buscarla. Borges y Cortázar, cada uno en su momento y debido lugar fueron lecturas muy productivas para mí.

    -¿Cómo surgió el libro Breves apuntes de autoayuda y de qué forma te vinculas con el periodismo?

    -El periodismo es mi trabajo. Los Breves apuntes de autoayuda surgieron de estar escribiendo pequeñas prosas urgentes sobre películas, libros y comidas.

    -¿Ha sido la poesía una escuela para ti? ¿La narrativa es un atajo o un desvío?

    -Para mí lo único que existe es la poesía.
    Ocio. Publicada por primera vez en 2000, Los
    Libros que Leo ha reeditado esta memorable
    novela corta sobre jóvenes en Buenos
    Aires sin mucho que hacer, que se internan
    en ambientes peligrosos. Viene acompañada de
    la película del mismo nombre, estrenada el año pasado.
    La cinta, de Alejandro Lingenti y Juan Villegas,
    se toma hartas licencias, pero mantiene el tono.
    Todo por 7.900 pesos, una ganga.
    El spleen de Boedo. Esta colección fue publicada en 2003 y es excelente
    puerta de entrada a la poesía de Casas, sutil y de
    una sencillez inalterada. En Problemas de la
    vida moderna, dice: “Cuando vivamos juntos y
    tengamos hijos se acaba esto/ Se acaba el cannabis,
    el whisky/ el tai chi a cualquier hora, / la ropa usada,
    el hip hop, el trash/ las canciones pasadas de moda”.


    La conexión secreta con la joven poesía chilena
    Por Sergio Parra
    A mediados de los 80, el poeta argentino Jorge Boccanera vino a Chile y le regalé mi libro La manoseada.
    Él ya era un poeta consagrado, dirigía por entonces la revista Fin de siglo. Se llevó mi libro a
    Buenos Aires y se lo mostró a poetas que giraban en torno a la mítica revista 18 whiskys, cuyo
    nombre alude al número de copas que se tomó Dylan Thomas antes de morir. En esos años había
    una gran relación entre los poetas latinoamericanos. Eran tiempos duros, con dictaduras en varios
    países, no existía Internet, pero había un flujo de amistad, de afectos, de lecturas entre los jóvenes
    escritores. La generación chilena de poetas de los 80 fue muy conocida en América latina, porque
    había un interés en el continente hacia lo que acá se escribía, motivado en parte por la solidaridad
    con Chile. En 1989, en el CESOC de calle Esmeralda se realiza un encuentro poético chileno argentino,
    vienen nueve poetas de Argentina, entre ellos Fabián Casas. Nos encontramos con Fabián y nos
    hicimos amigos íntimos de inmediato. Había ciertas sensaciones que nos unían, una sensibilidad y
    una mirada poética enfocada en la cotidianidad, en la intimidad del sujeto biográfico. También en
    ambos estaba el proyecto de mostrar la realidad de los jóvenes post dictadura. Teníamos en común
    como imagen poética la vivencia de la cesantía. En Casas siempre hay un desgano, un ocio
    producido por la falta de oferta laboral. Fabián había estado antes en Chile, había conocido al
    poeta Juan Luis Martínez, había estado en Horcón. Nos hicimos amigos por el sentido del humor,
    y hasta ahora cada vez que nos juntamos reímos hasta las lágrimas. Siempre que viene se queda
    en mi casa, con el tiempo hemos ido leyéndonos. Gran parte de los cuentos y de las novelas yo
    los sabía porque me los había contado. Ocio es autobiográfica, muy honesta en su escritura. Se
    conecta con una sensibilidad juvenil, pero ha ido acompañando a sus lectores. Quienes lo
    leímos a los 24 años y hoy a los 54, hemos cambiado al igual que el autor y sus personajes.
    Es como un Philip Roth. Te acompaña en tus separaciones, en tus duelos y alegrías. Recuerdo
    que cuando hice un taller para poetas jóvenes en el centro Balmaceda, con autores entonces
    desconocidos como Gladys González, Paula Ilabaca, Victor López, les hice leer a puros poetas
    vivos y uno de ellos fue Fabián Casas. Justo ese año vino Fabián a Chile. Estaba en un periodo
    muy malo. Quedó varado en Mendoza, sin plata y con el paso fronterizo cerrado por la nieve.
    Le mandé dinero para que tomara un avión y pasara un tiempo en Santiago. Estaba escribiendo
    Ocio; de hecho una parte fue escrita acá. Lo llevé al taller y Víctor López –el mismo que acaba
    de ganar el Premio Municipal- era súper joven en ese tiempo, casi un niño, y sin avisar se paró
    en la sala y recitó de memoria un poema suyo. Fue algo inolvidable. Su influencia puede
    percibirse en buena parte de los jóvenes poetas chilenos de hoy. 


    El autor es poeta. Autor de La manoseada.

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